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Los actores del conflicto




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TEORIA DEL CONFLICTO


DR Remo Entelman

Los actores del conflicto


Al categorizar el conflicto como una relación social en el sentido de Max Weber, quedó dicho ya que sus actores son seres humanos. Pero enfatizarlo no es una obviedad, tan pronto como uno se ocupa de conflictos en los que por lo menos uno de los campos enfrenta­dos incluye actores plurales o colectivos: especialmente si están de alguna manera organizados. Nos preguntamos, por ejemplo, res­pecto de quiénes son los actores en un conflicto entre dos Estados. Detrás de muchas de las respuestas que pueden ensayarse, no será siempre fácil divisar un ser humano. Un Estado, se dirá, es una per­sona jurídica, denominación que no parece denotar un hombre de carne y hueso.

Una primera e indispensable clasificación del universo de los ac­tores, nos conduce a distinguirlos en dos grandes grupos: actores individuales y actores plurales o colectivos. No encontramos difi­cultades para reconocer los primeros que son los típicos protago­nistas del conflicto conyugal, de buena parte de los conflictos de fa­milia, del societario en las compañías de dos socios, de los múltiples enfrentamientos posibles entre dos individuos cualesquiera que in­tegran un grupo más amplio y en gran cantidad de los conflictos asumidos por el derecho de cada Estado, que se desarrollan entre dos individuos, uno en cada campo conflictual.

Pero cuando tratamos con actores colectivos, se nos presentan problemas que requieren mayores descripciones. Los desarrollos sobre las características de los actores colectivos tienen por objeto el mejor conocimiento del proceso de toma de decisiones de cada uno de ellos, la mejor percepción y comprensión de sus conductas e intenciones y la mejor construcción de los escenarios de futuro po­sibles. Pero las características que observaremos en ellos no alteran la constatación esencial de que todos los enfrentamientos de que nos ocupamos son protagonizados por individuos, aunque estos ac­túen en algún sentido o de alguna manera en representación de un grupo mayor. Como se verá más adelante, todos los estudios reali­zados sobre las variables de la conducta conflictual han producido conocimientos sobre los procesos de la conciencia de los actores que nosotros hemos podido utilizar en el estudio del conflicto en ge­neral y aplicarlos tanto a disputas entre grupos sociales más peque­ños que el Estado como a los enfrentamientos que típicamente se producen sólo entre individuos, como por ejemplo los conflictos los conyugales. Ello a pesar de que se obtuvieron en investigaciones efectuadas sobre actores estatales en conflictos internacionales.



1. Actores colectivos

Imaginemos un grupo de personas sin relación alguna entre ellas que intenta apoderarse de un inmueble que otro pretende retener. Se trata de una simple pluralidad de individuos independientes que ocupa uno de los campos del conflicto. Puede parecer que analizar ese actor colectivo, carente de toda organización, no ofrece más di­ficultades que hacer lo propio con el actor individual que ocupa el otro campo.5 Pero cuando el actor colectivo tiene algún tipo de or­ganización que regula las conductas recíprocas de sus miembros obligándolos a interactuar y permite pensarlos como una unidad en algún sentido, nuestras preguntas y sus respuestas se hacen más complicadas. En estas situaciones, por lo general, nombramos in­cluso al actor colectivo con denominaciones que denotan la unidad de una pluralidad. Hablamos allí de «la sociedad tal», «la universi­dad cual», «el departamento x», «el personal administrativo», «los administradores del sistema», «el Estado reclamante o reclamado», «la raza blanca», o «los blancos».

Para el análisis de esas complicaciones, formulemos ahora las si­guientes preguntas extraídas al azar entre muchas que se refieren a situaciones similares: ¿quiénes son los actores en un conflicto entre Estados? ¿o entre una Universidad y sus estudiantes? ¿o entre dos compañías públicas de miles de accionistas? ¿o entre dos socieda­des o asociaciones integradas por un reducido número de perso­nas? Advertimos de inmediato que las respuestas no son unívocas. No todos los blancos están en conflicto con la minoría de color en los países en que ese conflicto todavía existe. Cuando a menudo una parte de la población no coincide con las decisiones que en nombre del Estado adoptan sus órganos, no puede afirmarse sin más que una parte de los ciudadanos está en conflicto con la otra o con el propio Estado.

Ahora bien, nuestras complicaciones no se agotan aquí. Dos pro­blemas añadidos que generan los actores colectivos son los de su identidad y los de su fragmentación. Veamos cada uno de ellos.

Por lo común, en una relación entre dos individuos aislados, hay por un lado objetivos comunes, idénticos o coincidentes y, por el otro lado, objetivos incompatibles en conflicto. Sin embargo, no te­nemos dudas de quiénes son cada uno de los actores en ninguna de las situaciones de conflicto o de coincidencia que nos propongamos analizar. Como se verá más adelante, la coexistencia de objetivo» compatibles e incompatibles en una misma relación es una realidad que incide en la selección de los métodos de resolución, pero no en la determinación de quiénes son los actores, cuando se trata de conflictuantes individuales. Pero, cuando se trata de actores colectivos además de las relaciones de conflicto y cooperación que teoricamente pueden involucrar a los campos enfrentados, existen algunos miembros de cada uno de los grupos enfrentados diversos tipos de relaciones aisladas y plenas de alta proporción de compatibilidad de objetivos y aún de cooperación más o menos intensa tas relaciones parciales inter -grupos generan a su vez vínculos sentimientos destinados a influenciar en el grado de participación que esos subgrupos o sus integrantes están dispuestos a tomar en la relación de conflicto entre los grupos más amplios, -sus países-, a que ellos pertenecen.

Entre los niveles universitarios de los países que en cierto mo­mento se encuentran en conflicto, existe a menudo un alto grado de interacción coincidente o cooperativa entre actores que desarrollan relaciones amistad, de intercambio frecuente y de actividad con­junta.


Cuando esos conflictos entre los Estados aumentan de inten­sidad y alcanzan estadios de uso de la violencia, parece difícil afirmar que esos grupos internos son actores del conflicto en cada uno de sus bandos. Al mismo tiempo en que aparecen dudas respecto de en que medida o hasta qué punto cada uno de esos subgrupos puede es­tar seguro de que el otro no sea un actor del conflicto.
En una disputa entre la autoridad individual de una casa de estudios, como por ejem­plo el Decano de una Facultad y sus profesores, no puede afirmarse a priori que todos aquellos que enseñan integren el actor colectivo «pro­fesores». Es probable que un análisis correcto nos impulse a inquirir en qué postura están aquellos miembros del claustro docente que en­señan la misma asignatura que el Decano e integran con él una misma cátedra que, como tal, es un núcleo de coincidencia.

Como se observa la existencia de conflictos internos en un actor colectivo enfrentado con un adversario externo complica -y a me­nudo altera- para éste la identificación del adversario.

Junto a la cuestión de la identificación puede surgir un segundo problema. El conflicto interno dentro del seno de un actor colectivo -Estado, sociedad, asociación o aun, grupo colectivo no organiza­do- puede provocar la fragmentación de ese actor. En muchos enfrentamientos bélicos entre Estados se percibe en cierto momento que un importante sector de la población se opone a continuar la guerra, como ocurrió en Estados Unidos de Norteamérica durante el conflicto de Vietnam. Es posible que ese sector no pueda tomar decisiones por el actor que integra ni cambiar de inmediato los integrantes del o los órganos de gobierno implicados. Pero puede in­fluir en el proceso de toma de decisiones, como en efecto ocurrió en ese caso. Ello explica por qué, en los conflictos en que participan actores plurales, organizados o no, como Estados o grupos sociales menores, raciales o religiosos, sus adversarios traten de influenciar, con estrategias psicosociales sobre la opinión interna de los miem­bros de su oponente.

Lo mismo ocurre en conflictos que se desarrollan dentro de un estado y en los que alguno de los actores es colectivo. Cuando en su seno las disidencias respecto al conflicto, su intensidad o su termi­nación se convierten en un verdadero enfrentamiento interno entre miembros del actor colectivo, el otro actor dispone de la misma al­ternativa de concebir al grupo disidente como un tercero con quien puede intentar una alianza que aumente su poder.


El llamado «frente interno» de un grupo social durante un con­flicto de alta intensidad es visto a menudo como un verdadero tercero, con quien es posible gestionar alianzas o coaliciones.
Se trata del fenómeno de la fragmentación de los actores colectivos, al que pare­ce prestársele menos importancia que la aconsejable en la definición de estrategias de administración de conflictos. Una de las caracterís­ticas de los actores colectivos consiste en la tensión que dentro de ellos se produce entre dos fuerzas opuestas: la «cohesión» y la «frag­mentación». Aunque es más fácil de detectar en los Estados durante conflictos externos prolongados, o en los partidos políticos en inten­so conflicto con sus opositores, este proceso comparable a la oposi­ción física de las fuerzas centrípetas y centrífugas, tiende a estar pre­sente en todo actor integrado por una pluralidad de miembros. Aunque sin utilizar la misma terminología que aquí empleamos, ya a mediados del siglo pasado, Lewis Coser (1956) predicaba del conflic­to internacional que tenía la virtud de superar los conflictos internos provocando la unión de los ciudadanos detrás del objetivo nacional. Pero al mismo tiempo advertía que los conflictos externos que se per­petúan en el tiempo dividen a las comunidades adversarias.

En el medio siglo que han durado las guerras actuales entre ára­bes e israelíes, el Estado de Israel se ha exhibido como un ejemplo paradigmático de un actor colectivo con una gran cohesión inicial, que perduró una larga época y que, con el transcurso del tiempo y la duración del conflicto externo comenzó a experimentar un pro­ceso creciente de fragmentación y enfrentamiento interno que hoy lo caracteriza.

Las complejidades que anotamos -problemas de identificación y fragmentación de los actores colectivos- no impiden que un análi­sis correcto permita una adecuada descripción de los actores colec­tivos. Por el contrario, ellas alertan sobre la necesidad que un ope­rador tiene de prestar atención a una serie de elementos cuyo conocimiento y apropiada ponderación es indispensable, tanto para la administración como para el proceso de resolución del con­flicto. Sin pretender agotar una enumeración, tratamos aquí algu­nas de las características que, casi rutinariamente, deberían tomar­se en cuenta en el análisis de un actor plural.

En los dos apartados siguientes se analizan algunas características relativas a conflictos con actores colectivos no organizados y a
actores colectivos organizados.



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